EL P. ANTONIO QUETGLAS DARDER, C.M. VISTO POR EL P. SAMUEL FINLEY FOSTER, C.M.

 

Soy misionero paúl y conozco al P. Antonio Quetglas desde el 1992.

Era un Hombre entrañable. Yo lo admiraba por su trabajo abnegado y su amor a los pobres, sobre todo a los niños y niñas, a los ancianitos, como él los llamaba, a los alcohólicos, a los minusválidos, a los enfermos de VIH, y a un largo etc.

Hizo el bien a muchísimas personas. Todo lo que podía conseguir era para los pobres, no guardándose nada para él…

Era un hombre muy sensible a la realidad de mi país, Honduras, tanto así que quiso quedarse con nosotros, siendo enterrado en su querida Honduras, formando parte de nuestra tierra para siempre.

Aún muerto, le seguiremos queriendo. Es un ángel de Dios que sé que desde allá nos echará una manita para las obras que se tienen que seguir realizando.

Para mí fue un sacerdote santo, muy limpio, muy recto, sabía lo que quería y confiaba que podría conseguir o lograr todo lo que se proponía.

No redactó grandes tratados de espiritualidad pero dejó mucho amor, por eso vivió y vivirá muchos años entre nosotros, en nuestros corazones y en la Historia de Honduras. Él siempre estará con nosotros…

Yo, como cohermano y amigo que fui de él, le sigo admirando y decía si este hombre no envejeciera nunca qué cosas no haría. Era visionario…

Gran Antonio, lo queremos mucho… pero se fue… Allá nos espera en el cielo… Su amigo y hermano “Samuelito” o “padrecito” como solía decirme. ¡Me vienen tantos, recuerdos…! Son muchas las cosas, todas buenas y ejemplares, que podía decir sobre él…

Os puedo compartir  más cosas muy interesantes de nuestro querido padre Antonio Quetglas, que en la gloria esté; estoy seguro que está en gloria, pues toda su vida sólo hizo que cumplir la voluntad de Dios, sirviendo a los más pobres, ayudando, siempre, a los demás. Él vivía para los demás; es un gran hombre…

Para mí, el gran Antonio, es y será mi gran amigo. Nos llegamos a entender muy bien a pesar de la diferencia de edad que había entre los dos. Yo para él era como un nieto; era el nieto que no llegó a tener. Es más, éramos verdaderos amigos, dándose entre nosotros mucha confianza.

El P. Antonio es un sacerdote santo, tenía el alma limpia. Siempre procuró vivir al máximo su vocación sacerdotal como misionero. A lo largo de mi no muy dilatada vida, he visto a muchas personas, pero muy pocas que tengan la humanidad y el espíritu social y de servicio como el P. Antonio.

Al P. Antonio no creo olvidarlo jamás, será siempre especial, un ejemplo para mi vida sacerdotal, un alma pura, amó mucho a los pobres, se gastó hasta el final por los pobres.

Yo sigo rezando y rezaré por él durante todos los días de mi vida.

P. SAMUEL FINLEY FOSTER

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